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MI RINCÓN LECTOR


 


A partir de los ocho años empieza a despertarse la emoción artística en tus hijos. Les interesa la descripción detallada del relato. Todas aquellas historias emocionantes o que les mantengan en vilo hasta el final les harán identificarse con los personajes y sentirse parte de la historia.
No olvides que tú juegas un papel muy importante.
caricaturas_de_piratasTu forma de explicar la historia y de describir los personajes hará que les fascine más o menos el relato.
A esta edad es frecuente que tu hijo te pregunte: “¿Esto pasó de verdad?” o “¿Esta historia es verdadera?”. Para satisfacerle procura contarle narraciones históricas, científicas o personales (le encantará que le cuentes anécdotas de tu infancia). Tampoco hace falta que abandones la ficción del todo; no todos hemos viajado por los cinco continentes ni nos hemos bañado en los Mares del Sur, pero podemos poner un poco de salsa a la historia.
Si la anécdota no es del todo cierta debes decir la verdad a tu hijo: “Más o menos me ocurrió algo parecido pero he adornado un poco la historia para hacerla más divertida. ¿Te ha gustado?”.
He aquí una serie de cuentos para que vuestro hijo/a lea con vosotros antes de dormir o en algún rato libre: 


CUENTOS CORTOS CON MORALEJA:  

El reino de los 3 colores

El cuento de hoy es un relato breve, con una historia que se puede aplicar a muchas situaciones. Seguramente al leerlo podrás identificar alguna de ellas. La idea principal la resume perfectamente la moraleja del final : “Los cambios y las mezclas hacen que el mundo se enriquezca y avance. Sólo el estancamiento empobrece y hunde a los pueblos”.  
Al final tienes el cuento con las actividades de comprensión lectora para descargar e imprimir.

“EL REINO DE LOS TRES COLORES”

Érase una vez un rey que había gobernado a su pueblo en paz y armonía durante muchos años y ,tanto sus vasallos como reinos cercanos, así lo veían… y así se lo reconocían; por lo que la convivencia entre todos, era uno de los valores de los que más se enorgullecía.
Un día, atraído por la tranquilidad del reino y de sus habitantes, un artesano decidió establecer su negocio allí y lo primero que le llamó la atención era que todo lo que en él había tan sólo tenía tres colores: rojo, amarillo y azul. Así que pensó que sería bueno para los clientes de su nueva tienda, empezar a mezclarlos para hacer nuevas creaciones con ricos y alegres colores. En poco tiempo empezaron a verse ropas con tonos violetas, naranjas y verdes. Aquello fue una novedad que no tardó mucho en llegar a los oídos del rey, el cual mandó llamar al artesano.
Mis consejeros -dijo el rey- me han informado de que estás haciendo ropas con unos colores extraños que en este reino no se han visto jamás y eso puede provocar disturbios y que ,la tranquilidad que este reino ha tenido hasta ahora, se vea alterada. Además no has pedido permiso a nadie para hacerlo. 
- Majestad -le respondió el artesano- desconocía que debía pedirse permiso para ello y no pensé que traer un poco de color y variedad a este reino pudiese turbar su paz, sino todo lo contrario, que al hacerlo ayudaría a que sus gentes fuesen más alegres y felices. Además, aunque no sea bueno para mi negocio, estoy dispuesto a enseñar a todos los artesanos del reino a mezclar los colores para que aprendan y puedan pintar sus creaciones de colores: muebles, fachadas, los carros de los bueyes, los adornos de las casas y todo lo que la gente quiera.
Ante tales palabras, los consejeros del rey y los súbditos presentes, quedaron expectantes y ,abriendo sus grandes ojos, esperaron -en silencio- la respuesta de su rey. – Bueno -por fin contestó- veremos cómo se hacen esas mezclas y ya decidiré más adelante.
Cuando llegó el día en el que todos los artesanos se reunieron para aprender las nuevas artes, el rey también acudió a la cita y -sentado en su sillón sobre una tarima, para no perderse detalle- atendió con curiosidad a las explicaciones; tras las cuales, se levantó y se fue a sus aposentos a meditar.
Pasaron los días y al rey no le convencía nada que alterara lo que durante tantos años se había estado haciendo en su reino y su descontento se veía acentuado por algunos consejeros que le ratificaban que aquello no podía traer nada bueno. Sin embargo, en las calles cada vez más gente compraba los objetos que -los artesanos más atrevidos- decoraban con los nuevos colores que surgieron de la mezcla de los de toda la vida; empezando incluso a realizar nuevas mezclas que hicieron aparecer el rosa, el marrón, el morado y un sinfín de colores que llenaron las calles de alegría.
Mientras tanto, el rey y algunos de sus asesores seguían encerrados en un gran salón pensando que aquello acabaría mal y que no se debía haber tomado, tan a la ligera, aquella cuestión; ya que lo que se había hecho durante toda la vida era un seguro para el futuro. Y… seguramente estaban llenos de razón, ya que si hasta ese momento todo había ido bien con sólo tres colores, no había razón para el cambio. La gente sin conocer nuevos colores había podido vivir perfectamente y por tanto aquello no debería continuar. Así que siguieron dándole vueltas y vueltas en sus cabezas y cada vez estaban más convencidos de sus razones. Hasta que cayeron en la cuenta de que no habían preguntado al pueblo, habían estado tan ensimismados con sus dudas dentro de los muros del palacio, que no se les había pasado por la cabeza salir a la calle a ver la reacción de la gente sobre el tremendo problema que había caído sobre el reino.
Aquella misma tarde, el rey convocó a su pueblo en la explanada frente al castillo, para preguntar y exponer todas sus dudas y miedos; pero cuál no sería su sorpresa que -al salir al balcón real- una nube de vestimentas, serpentinas y banderolas se agitaron, vitoreando a su rey por la alegría de colores que había traído a su reino. El rey miró a sus súbditos, subió las manos hacia el cielo para saludarlos y, a continuación, se las llevó a su pecho y nunca más sus miedos impidieron que su pueblo fuera feliz.
Moraleja: “Los cambios y las mezclas hacen que el mundo se enriquezca y avance. Sólo el estancamiento empobrece y hunde a los pueblos”.
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Cuento corto: “Hermanos gemelos”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centros, a veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
Al final está disponible la lectura para imprimir, con preguntas y actividades de comprensión lectora.
Algunos se dan cuenta de lo que tienen, sólo cuando lo pierden. Antes de ese momento, lo ven como normal, habitual o incluso sin importancia alguna. Esto ocurre tanto con objetos como con las personas, y en los niños es extremadamente difícil hacerles ver lo que importa de verdad. Para ayudar en esta reflexión el cuento de hoy.
“HERMANOS GEMELOS”
        En una clase – como puede ser la vuestra – había dos parejas de hermanos gemelos. Por fuera eran iguales en todo, incluso iban vestidos de la misma manera. Una pareja la formaban Jaime y Jacinto (de pelo moreno y nariz respingona), y la otra, Manuel y Mateo (de pelo rubio y nariz regordeta). Además curiosamente los nombres de cada pareja de hermanos empezaban igual.
       Y aunque como hermanos eran iguales; como parejas eran distintos. Manuel estaba siempre chinchando a su hermano Mateo, no desaprovechaba ocasión para dejarlo en ridículo, cuando se equivocaba en algo, le quitaba la libreta y se la enseñaba a la Seño para que viera lo mal que lo había hecho, y si estaban en el recreo no dejaba que Mateo se juntase con él ni con sus amigos para jugar. Sin embargo Jaime y Jacinto iban juntos a todos lados, se ayudaban cuando alguno de los dos tenía dificultades con las actividades y si uno no jugaba con los compañeros, el otro tampoco quería jugar para quedarse con su hermano.
      Un día cuando iba Mateo hacia la escuela, a unos pasos detrás de su hermano – que caminaba con otros compañeros contando sus cosas-, pensó en lo mucho que envidiaba lo bien que se llevaban sus compañeros Jaime y Jacinto, ya que para él era un suplicio que su hermano lo tratase peor que otros niños de la clase. Entrando en el edificio pensó: -“Cómo me gustaría ser hermano de Jaime y Jacinto y no de este petardo que no hace más que hacerme la vida imposible”-, cuando al pasar por la puerta de su aula, notó un chispazo de luz y que su cuerpo empezaba a transformarse: la nariz se le afinó y se le puso respingona, el pelo se le oscureció y ¡hasta su ropa se cambió exactamente igual a la de Jaime y Jacinto!
      Todos en la clase se asombraron del cambio que había sufrido Mateo, el cual fue muy bien recibido por Jaime y Jacinto, que no tardaron en tratarlo igual que se comportaban entre ellos. Todos aceptaron el cambio mágico que se había producido, salvo Manuel, al cual le fastidiaba mucho haberse quedado sin alguien cercano a quien fastidiar. Y así pasaron muchos días, tantos que Mateo se sentía cada vez más a gusto con sus nuevos hermanos, y Manuel paso de sentirse fastidiado, a sentirse sólo. Tan solo, tan solo que un día al dirigirse cabizbajo hacia la escuela sintió tanta pena de cómo se había portado con su hermano, que su arrepentimiento hizo saltar un chispazo de luz en el momento en que su hermano entraba por la puerta de la clase, volviendo poco a poco a su aspecto normal; tras el cual – Manuel – salió corriendo a abrazarlo.
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Cuento corto: “Yo primero”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centros, a veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
Al final está disponible la lectura para imprimir, con preguntas y actividades de comprensión lectora.
Algunas personas son muy completivas y tienen que ser siempre las primeras en todo, sea lo que sea ellos lo vieron primero, lo hicieron primero, lo dijeron primero,… y seguramente son así porque desde pequeños empezaron como los del cuento.
“YO PRIMERO”
      Luis acababa de doblar la esquina para entrar en la calle de su colegio, cuando a lo lejos vio a Teresa que -a paso rápido- se acercaba a la puerta del centro. Luis aligeró el paso, a lo cual Teresa respondió corriendo más, justo lo suficiente para que Luis también saliera corriendo como un galgo, arrastrando su cartera enganchada a un carrito que iba dando saltos cada vez que tropezaba con algo. -¡PRIME! , gritó Teresa, a la vez que tocaba la puerta del colegio y se reía viendo la cara de enfado de Luis.
       Todos los días era lo mismo, una competición a ver quién era el primero; unos era Teresa y otros Luis, pero cada vez la cosa se estaba poniendo más seria, tanto que cuando ambos tocaban a la vez la puerta y gritaban -¡PRIME¡-, a continuación venía una discusión, seguida de empujones… e incluso algunas patadas en las espinillas.
       En una ocasión Luis ideó un malvado plan y derramó aceite en el camino de Teresa; lo cual hizo que resbalara y llegara al colegio con el vestido pringado y “llorando como una Magdalena”. Teresa no pudo dejar tal artimaña sin respuesta, por lo que puso una cuerda blanca entre dos coches aparcados -justo por donde debía pasar Luis- el cual, como siempre, corrió para llegar el primero, tropezó y fue a dar con todos sus piños en el bordillo de la acera, rompiéndose dos paletas.
       Poco a poco la cosa empeoró. Pero… ¿aún podía ser peor? Pues parecía que sí y para intentar evitarlo, la maestra habló con ellos, haciéndoles ver que era una tontería querer ser el primero en llegar a la escuela; que tanto el primero como el último tenía su asiento en el aula, que no por ser el primero en llegar nadie iba a tener privilegios ni ningún premio frente a los demás. Así que les dijo que en adelante, si no dejaban de correr y hacerse la pascua el uno al otro, entrarían los últimos en clase todos los días.
       Y así fue cómo ocurrió: continuaron con una competición, cuyos únicos premios eran dientes rotos, ropa sucia, chichones en la cabeza, cardenales y heridas en piernas y brazos… ¡Hasta que la amenaza de la maestra se cumplió y empezaron a entrar los últimos todos los días a clase, aunque fuesen los primeros en llegar!
       Todos pensaban que aquello ya se había acabado y que -en adelante- ya no tendrían ninguno, de los dos, razones para querer llegar uno antes que el otro. Sin embargo, nuestra imaginación puede quedarse pequeña ante las sorpresas que nos puede deparar la cabezonería y el empecinamiento de las personas; ya que desde aquel día empezaron a correr para ver quién era el “PRIME” (de los dos últimos) en entrar a clase.
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Cuento Corto: “El pegón”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centros, a veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
Al final está disponible la lectura para imprimir, con preguntas y actividades de comprensión lectora.
El cuento de hoy refleja lo que ocurre cuando en una clase hay uno o una a la que se le va la mano calentando a todo el mundo y que a pesar de los esfuerzos del maestro/a por cambiar la conducta agresiva del crio, no lo consigue, hasta que cambia de estrategia.
“EL PEGÓN”
         Seguramente sepáis de un niño o niña, o quizás más de uno que está pegando siempre en la escuela; o a lo mejor eres tú ese o esa que siempre está pegando a los demás, sin saber por qué lo haces.
      En el colegio que ocurre esta historia había uno de esos niños al que todos le llamaban “el pegón”, aunque su verdadero nombre era Santi, (palabra que se parece mucho a santo, pero con la que no tenía nada que ver, ni siquiera por casualidad). Todos los días el maestro terminaba de los nervios, porque cuando no era uno el que llegaba y decía: “Santi me ha pegado”, llegaba otro con la marca de un bocado en el brazo, o varias llorando a la vez porque les había dado patadas en las espinillas. Por más que el maestro intentaba convencer a Santi para que no lo hiciera, éste hacia oídos sordos y seguía pegando sin ton ni son, así le castigaran como si no. Era como si le diese igual cumplir los castigos, con tal de poder empalizar a unos pocos todos los días.
     En más de una ocasión algunos papás y mamás de otros niños le esperaban a la salida del colegio para hablar con los suyos y así regañarle delante de ellos, a lo que él respondía poniendo una cara muy tristona y los ojitos como para llorar, repitiendo una frase que la tenía más que aprendida: -”No lo volveré a hacer más”. Pero al día siguiente se volvía a repetir la misma historia…
     El maestro, que no se daba por vencido, decidió cambiar de estrategia y cuando al día siguiente acabó la clase, le pidió a todos los niños y niñas -a los que Santi les había pegado ese día-, que levantasen la mano. Enseguida se levantaron tres manos, luego otro, otra y otra, hasta un total de nueve. Después pidió que hicieran lo mismo a los que Javier, un niño muy pacífico de la clase, hubiese, pero nadie la levantó, luego pidió que lo hicieran a los que Nuria había pegado, y luego con Belén y varios más, pero a ninguno de ellos le levantaron la mano. Por último preguntó a quién le gustaba ser amigo de Santi, y entonces tampoco nadie quiso levantar la mano.
     Esto mismo lo repitió el maestro un día tras otro, hasta que el número de niños y niñas a los que pegaba Santi, empezó a bajar, y subía el de compañeros que levantaban la mano cuando el maestro preguntaba quién quería ser amigo suyo. Por fin un día no pegó a nadie y así siguió la mayoría del resto de los días -aunque en alguna ”rara ocasión” se le escapara un manotazo- pero para entonces se había dado cuenta de que prefería estar jugando con sus amigos a que tuvieran que huir de él.
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Cuento corto: “Robín Robot”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centros, a veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
Al final está disponible la lectura para imprimir, con preguntas y actividades de comprensión lectora.
En el cuento de hoy se muestra que ocurre si nos creemos tan perfectos que esperamos que todo ocurra a nuestro alrededor. Esta situación la podemos ver en el futuro, donde un robot llega a la escuela con su inteligencia y perfección. Pero mientras llega ese futuro, hay niños que pueden creerse perfectos hoy en día.
“ROBÍN ROBOT”
La historia que te vamos a contar ocurre en el futuro, en un colegio del año dos mil cincuenta. En una clase a la que, por los años que aún faltan, podrían ir tus propios hijos. En ese colegio había una clase de Primero a la que acudía un robot de 7 años de edad al que todos llamaban “Robín Robot”.
Si no fuera porque estaba hecho de chapa y tornillos de aluminio, mezclados con cables eléctricos y chip de silicio, y que -a la hora del recreo para reponer fuerzas- en lugar de un buen bocadillo, se cambiaba una batería que llevaba en la parte trasera y bebía un zumo de aceite para engrasar sus articulaciones mecánicas; en todo lo demás, era como el resto de los niños y niñas del colegio. Tanto es así que tenía su propio asiento en clase, hacía los deberes al igual que todos y, de vez en cuando, faltaba a clase; no porque se pusiese malito de la garganta, sino porque tenía que pasar la ITR (Inspección Técnica de Robots).
En clase siempre quería salir a la pizarra, era el primero en responder las preguntas de su maestra, no dejaba posibilidad de participar a sus compañeros y los problemas y cuentas de Matemáticas no tenían secreto para él. En Lengua, corregía a la maestra cuando ésta se equivocaba (ya que los maestros -al igual que todos los humanos- también se equivocan). A los ojos de sus compañeros de carne y hueso, parecía que lo sabía todo, o al menos lo aprendía muy rápido; por lo que sabían que las mejores notas serían siempre las suyas.
En el patio del recreo era todo un problema, pues se enfadaba mucho si no se respetaban a rajatabla las reglas de los juegos; cualquier cosilla que pasara, era interpretada como si se hubiese cometido “una falta grave al reglamento del juego” y si no estaba claro, enseguida se inventaba una nueva regla que todos debían aceptar, por lo cual era imposible terminar ningún juego.
Como decíamos al principio, si no fuera por su aspecto externo, podría ser como un niño cualquiera y aunque os parezca que no, hoy en día hay en muchos colegios, niños y niñas de carne y hueso que son como Robín Robot. Niños que no dejan participar a sus compañeros, que quieren ser los que hablen siempre y cuenten sus historias, quienes ponen sus propias reglas para que jueguen los demás… y así muchas cosas más. Por ello, pensad en Robín si no queréis terminar siendo “un pequeño Robot de hojalata”.
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Cuento corto: “Los cuentos, los príncipes y las ranas”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centros, a veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
Al final está disponible la lectura para imprimir, con preguntas y actividades de comprensión lectora.
Los cuentos, cuentos son y la realidad es muy distinta a la de los cuentos. Pero qué ocurre cuando la realidad se mezcla con la fantasía de los cuentos.
“LOS CUENTOS, LOS PRÍNCIPES Y LAS RANAS”
     La maestra acababa de contar un cuento en el que una bruja piruja había embrujado a un príncipe, que al final fue liberado de su hechizo por el beso de una princesa; cuando… de repente, por la ventana, se coló dando saltos ¡hasta la mesa de la seño! una rana -como recién salida del propio cuento que acababan de escuchar-.
     Al ver la rana, la maestra -de un gran salto- se subió sobre su mesa; tras el cual, otro gran salto de la rana hizo que la siguiera hasta allí; por lo que de varios saltos, la maestra iba de mesa en mesa perseguida por la rana. Fernando, el más bicho de la clase y al que más le gustaban los animales, saltó tras la rana. Salto que daba la seño, salto que daba la rana y detrás de ella, salto que daba Fernando. Mientras esto ocurría, unos pocos niños y niñas se escondieron bajo las mesas y otros corrían tras Fernando que gritaba: – “¡No se preocupe señorita, que yo la salvaré!, ¡yo la salvaré! – entre la algarabía de los compañeros y los gritos de la seño pidiendo socorro-.
      Tras unos largos minutos, la seño acabó subida sobre su silla, que a la vez estaba subida sobre su mesa y con la cabeza rozando el techo de la clase. – ¡Aquí no me cogerá! -, gritó la seño. Mientras, Fernando -frente a la rana- dio un gran salto y la atrapó en pleno vuelo. – ¡Bravo!, ¡bravo!- gritaban unos pocos; mientras otros coreaban: ¡Fernando!, ¡Fernando!
      - ¡Seño!, ya puede bajar de ahí, he atrapado a la rana y ya no tiene nada que temer-, dijo Fernando elevando la mano y mostrando su trofeo. – ¡Vale Fernando!, pero antes métela en ese tarro de cristal y tápalo bien-, respondió la maestra; la cual empezó a bajar con muuucho cuidado desde la silla –que temblaba como si tuviese frío- y desde ahí cayó al suelo de culo. – No sé cómo ha podido subir tan rápido y bajar con tanta dificultad-, dijo sorprendida una niña a la vez que la ayudaba a levantarse del suelo.
      Al instante, todos se acercaron al bote con la rana y gritaron a la seño: – ¡Es el príncipe del cuento!, ¡ hay que desencantarlo! La seño -ya más tranquila- les hizo ver que los cuentos son cuentos y que, en la realidad, no era posible que un príncipe estuviera atrapado dentro del cuerpo de una rana.
     Fernando – mirando fijamente los ojos de la rana dijo: – Eso no es así seño. ¡Mire!, ¡mire!, ¡en sus ojos está la cara del príncipe!- Y, cuando la seño se acercó, vio cómo efectivamente en los ojos de la ranita había una cara… ¡Era… era, la cara de su esposo! Antes de desmayarse se le oyó decir: ¡MANOOOLO!, ¿CÓMO HAS LLEGADO HASTA AHÍ…? ¡¡¡¡ CATAPUMMM !!!!.
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Cuento corto: “A la moda”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centros, a veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
Al final está disponible la lectura para imprimir, con preguntas y actividades de comprensión lectora.
Esta semana se extiende una nueva moda en el colegio y contagiará a…
“A LA MODA”
     Al entrar Antonio en la clase, todo el mundo se quedó por un instante mudo. Hasta que Luis, su compañero de banca, le preguntó sorprendido: – ¿Has venido a clase en pijama?- En ese momento, todos empezaron a reírse, pero a Antonio le dio igual, soltó su cartera junto a su mesa y se sentó en su silla. Ese día todos los niños de su clase y -en el recreo- los de otras aulas, se acercaron a él para verlo vestido con el pijama y para preguntarle el porqué.
        Por fin, cuando se decidió a dar explicaciones, les contó que ya estaba harto de ir como todos los demás niños y que, como en su casa se sentía muy cómodo en pijama, había decidido acudir al colegio también en pijama (prenda que consideraba más cómoda que el propio chándal). Fue toda esa semana al colegio vestido así; y a la semana siguiente, su compañero Luis también llegó en pijama a clase, y en dos semanas ya había varios niños y niñas de su clase y de otras del colegio que también lo imitaron.
      No había pasado ni un mes desde que Antonio llegase al colegio en pijama y ya, en el patio del recreo, se veían más niños con esta prenda que con chándal o con ropa de calle. También contaban que los fines de semana se habían hecho varias “fiestas del pijama” que habían tenido muchísimo éxito y que -en todos los comercios de confección del pueblo- los escaparates mostraban los últimos modelos de pijamas llegados desde la ciudad.
      Como no era de extrañar, al poco de aquello, algunos niños y niñas empezaron a destacar del resto, con unos modelos que sus mamás les habían diseñado especialmente para el cole: con dibujos que recordaban los sacapuntas, los lápices de colores y hasta las gomas de borrar. En Navidad, el modelo que más sensación causó entre todos, fue el de Ricardito, cuya mamá lo había preparado con luces que se encendían y apagaban al igual que las de los árboles navideños.
     La locura del pijama se había desatado en el colegio y aunque algunos se resistían a ir a la moda y seguían con sus ropas tradicionales, no pudo evitarse que también los niños de otros colegios hicieran lo mismo e incluso a algunos del instituto también se les veía con pijamas más atrevidos y llamativos. Hasta que un buen día Antonio entró en su clase con un traje de goma negra, con gafas de bucear y aletas incluidas. Al verlo así, su amigo Luis preguntó sorprendido:
- ¿Que has venido a clase vestido de hombre rana?
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Cuento corto: “El cuento sin final”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centros, a veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
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En el cuento de hoy nos vamos hasta la biblioteca del colegio, donde una personaje de una historia tienen un gran problema con ella y pide consejo a otros personajes.
“EL CUENTO SIN FINAL”
¡Tin, tin, tin!… tres sonidos cortos de campana era la señal de que todo estaba despejado en la biblioteca del colegio. Ya habían pasado varias horas desde que todos se marcharon y hasta el próximo día ningún ser vivo, salvo el pequeño ratón de biblioteca que aporreaba tres veces seguidas la campanilla en la sala de lectura del colegio, les molestaría.
 Con el último “¡Tin!” empezaron a salir de los libros, personajes de figuras planas, que estiraban sus extremidades para despertarlas de la inmovilidad que les obligaba el estar dentro de los libros. – “¿Qué hay para hoy?”. Preguntó el Lobo Feroz, mientras se cepillaba los dientes para dejarlos brillantes como perlas. – Tenemos una asamblea frente a la estantería de cuentos infantiles- le contestó la gallina de los huevos de oro y continuó diciendo – parece ser que el “Príncipe Ratón” tiene un problema y vamos a ver si le podemos ayudar.
 - ¡Qué mes más ajetreado llevo!, – dijo Gerónimo Stilton -, me han cogido de la estantería una y otra vez, sin dejarme descansar ni un minuto. Estos críos no se dan cuenta de que cada uno de ellos me lee una sola vez, pero que yo tengo que realizar una y otra vez las aventuras del cuento cada vez que me leen. ¡Tengo unas ganas tremendas de que les den las vacaciones para poder descansar!
- Sí, sí, – dijo Blancanieves -, eso lo dices ahora que eres un personaje muy moderno que molas mucho, pero si llevaras los años que yo llevo, ya estarías acostumbrado y no te quejarías tanto. Por mi cuento han pasado estos niños, los padres de estos niños y hasta sus abuelos, así que no te quejes tanto, ratoncito presumido.
 - ¡Por favor, un momento de silencio!-, dijo, alzando la voz, el ratoncito de biblioteca. – Nos hemos reunido para escuchar al “Príncipe Ratón”. A ver, ¿qué tienes que contarnos con tanta urgencia? – Veréis, – empezó a hablar el “Príncipe Ratón”-, mi problema es que no sé como acaba mi cuento, porque nadie que me coge, acaba el primer capítulo, y por más empeño que pongo en hacerlo bien, de ahí no pasan. Estoy muy angustiado, no sé si mi autora la señora Abu Rida pensó para mí un final como un bello príncipe o una rata de alcantarilla, y eso me angustia mucho, hasta he pensado ir a la estantería de las enciclopedias a ver si encuentro algún tipo de ayuda, porque esto es un sinvivir. ¿Qué consejo me podéis dar vosotros que sois tan envidiosamente leídos?
 En aquel instante en la biblioteca se hizo un gran silencio, porque nadie sabía darle una solución. Hasta que se oyó un sonido seco al caer, desde lo más alto de una estantería, un libro lleno de polvo, del cual salió Merlín, que acercándose al Príncipe Ratón, le puso su mano en el hombro y dijo estas sabias palabras: – Muchacho…, búscate otro cuento, porque mientras la historia sea un tostón nadie será capaz de llegar al final.
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Cuento corto: “La redacción”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centros, a veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
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Hoy la historia es de un alumno que acude a un concurso de redacción, es el mejor de su clase y cree tener muchas posibilidades de ganar el certamen, siendo muy animado por compañeros y maestros.
“LA REDACCIÓN”
     El maestro acababa de corregir todas las redacciones de sus alumnos y buscó entre sus papeles aquel folio que unos días antes le dieron en el colegio, sobre un concurso literario infantil que se celebraría dentro de unos pocos días en Córdoba. Cuando lo encontró, volvió a releer la redacción que había hecho su alumno Pepe y cuando acabó pensó: “¡Qué bien escribe para la edad que tiene!, mañana le propongo que participe en el concurso”.
      Así fue y tras las palabras de ánimo de su maestro y los elogios de sus compañeros, Pepe pensó que -como hasta entonces todas las historias que se le habían ocurrido y escrito en papel eran muy aclamadas en clase- quizás era buena idea concursar para ganar aquel certamen.
       El día del concurso fue un sábado por la mañana, pero ni a él ni a su maestro les importó viajar hasta Córdoba para tal evento. Todos parecían nerviosos, aunque él, seguro de sí mismo, no lo aparentaba. Su maestro le daba palabras de aliento: “Sé tú mismo”, le decía, “escribe lo que sientas, como has hecho siempre y verás cómo las palabras fluirán de tu cabeza”.
      Una vez dentro, se asombró de la cantidad de niños y niñas que habían acudido al concurso, quizás había cerca de cien, esperando el momento de empezar. De pronto se oyó un pitido estridente que salía de los altavoces, el cual hizo que todos miraran a un señor mayor que -con micrófono en mano- comenzó a hablar. Después de una palabras de presentación, llegó el momento de escuchar el tema sobre el que deberían escribir y, en ese momento, salió de los altavoces la palabra “TÚ”,… “vuestra redacción se titulará: TÚ”, volvió a repetir aquel señor.
      “¿Tú?”, se preguntó Pepe. “¿Cómo que tú?, ¿qué debo escribir sobre mí, o sobre ti? ¿Pero esto qué es?, ¡qué lío!”. Los minutos fueron pasando y Pepe se quedó en blanco, no le venía nada a la cabeza, nada fluía de ella como le dijo su maestro. ¿Qué podía hacer?, aquello no era como cuando escribió sobre una barca que esperaba en la arena volver un día a navegar, o cuando se le ocurrió una historia para el periódico del colegio sobre un despertador que disfrutaba asustando todas las mañanas. ¡No!, aquello era sólo “Tú” y el tiempo pasaba y el papel seguía tan vacío como su cabeza. Sólo cuando aquel señor recordó que sólo quedaban 5 minutos para acabar, Pepe, cogió el lápiz y escribió en su papel: “¿TÚ?…, ¡pues anda que tú!
      Aquel día Pepe no ganó, ni le elogiaron sus compañeros por lo bien que escribía, pero aprendió una lección de humildad ya que aunque para muchos seas el mejor, siempre puede haber alguien mejor que ¡TÚ!
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Cuento corto: “La niña solitaria”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centros, a veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
Al final está disponible la lectura para imprimir, con preguntas y actividades de comprensión lectora.
A nadie le agrada la soledad, o al menos eso parece y si es un niño o niña quien se ve en esta situación, rodeado del vacío de sus compañeros, el resultado no es agradable para nadie, o al menos eso es lo que parece a primera vista. Ese es el tema de la historia de esta semana :
“LA NIÑA SOLITARIA”
Desde muy pequeña Sandra había sido una niña solitaria en el colegio y también fuera de él. Cuando estaba en Infantil se le podía ver en un rincón del patio del recreo jugando con la arena, mientras el resto de sus compañeros correteaban y jugaban unos con otros. En una ocasión, su clase fue a visitar una panadería que había cerca del colegio y la seño pidió que se cogieran de la mano de dos en dos; en aquella ocasión… casi, casi, llega a estar junto a un compañero, pero a pesar de ser veinte en el aula, al final fue cogida de la mano de su seño, ya que ninguno la llegó a acompañar.
En clase no era un genio, pero tampoco era de los que le costara hacer sus tareas, acabándolas siempre a su tiempo y aprobando todas las asignaturas. Sin embargo, cuando estudió Primaria, seguía siendo la niña más solitaria del colegio. Por mucho que sus maestros -de vez en cuando- cambiaran a los niños de mesa, ella siempre se quedaba sola. Cuando salían de excursión, el asiento de su acompañante siempre se quedaba vacío y nunca tuvo pareja para practicar los juegos en la clase de educación física.
 Su padre y su madre tenían muy asumido que no era una chica popular y que la soledad era su única compañera; a pesar de haber hecho todos los intentos que estaban a su alcance para que su hija fuese aceptada por el resto de los compañeros.
Para de leer un momentito y piensa un poco en Sandra. ¿Has parado de leer?, pues si no lo has hecho, hazlo durante un momento y luego continúa la historia.
Posiblemente os dé pena de una persona como Sandra y no os gustaría nada estar en su lugar; sin embargo quizás os estéis haciendo una idea equivocada de ella, ya que muchas veces las apariencias engañan.
 No era que sus compañeros le hicieran el vacío por alguna razón caprichosa. Lo hacían muy a pesar de ellos, ya que desde que estaba en Infantil y se acercaban a ella, lo primero que recibían era un gruñido, un empujón o se daba la vuelta para que nadie pudiese estar a su lado. En las excursiones ponía el pie en el asiento para impedir que alguien se sentara a su lado; así como siempre se hacía la despistada o la sorda, en clase de Educación Física, para que no la escogieran como compañera.
 Hay personas como Sandra, que no son amigas ni de ellas mismas, y por muchos esfuerzos que hagamos los demás, mientras no hagan ellas por cambiar, seguirán siendo unas eternas solitarias.
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Cuento corto: “La niña que le gustaba el colegio”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centros, a veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
Al final está disponible la lectura para imprimir, con preguntas y actividades de comprensión lectora.
Esta semana vamos a ver lo impacientes que pueden llegar a ser los niños cuando quieren algo, pero lo quieren mucho , en la historia titulada:
“LA NIÑA QUE LE GUSTABA EL COLEGIO”
 - ¡Papá, papá!, ¿es ya la hora de ir al colegio? – Preguntó, María Luisa, a las cinco de la mañana, dando unos golpecitos sobre el hombro de su padre. Y sin que este abriera los ojos, le respondió con una voz muy cansada y lenta: -No, hija no,… aún no es la hora de ir al colegio. Acuéstate y duérmete de nuevo, que ya te avisaremos cuando sea la hora.
 - ¡Mamá, mamá!, ¿es ya la hora de ir al colegio? – Volvió a preguntar María Luisa, a las seis de la mañana, dando un besito en la mejilla de su madre. Y sin que esta abriera los ojos, le respondió con una voz muy cansada y lenta: -No, hija no,… aún no es la hora de ir al colegio. Acuéstate y duérmete de nuevo, que ya te avisaremos cuando sea la hora.
 La niña volvió a su cama, pero no podía dormir ya que en su cabeza sólo veía a sus compañeros que ya habían llegado -antes que ella- al colegio y estaban haciendo unas actividades muy divertidas; mientras, la maestra les explicaba cómo debían hacerlo bien. Luego se los imaginaba en el patio del colegio, formando corros para jugar a “corre que te pillo”, “al escondite”, o “a la llevas tú” y, nuevamente, el nerviosismo y el deseo de estar en el colegio, la volvían a levantar de la cama, a acercarse a la de sus padres y decirles: – ¡Papá, mamá!, ¿es ya la hora de ir al colegio?…
 De esta manera trascurrió toda la noche hasta que a las 8 de la mañana cuando María Luisa volvió a despertarlos, con cara de mucho sueño -por no haber podido descansar bien en toda la noche- se levantaron, se asearon, se vistieron, tomaron un sabroso desayuno y prepararon un pequeño bocadillo y una manzana para el recreo de su hijita María Luisa, la cual –impaciente- ya había guardado todas sus cosas en la cartera del colegio y esperaba junto a la puerta de casa.
 Como el colegio no estaba muy lejos, iban andando todos los días, pero aquel día -al llegar- notaron algo extraño, ya que aún no había llegado nadie. Su papá con cara de extrañeza miró su reloj para comprobar que era la hora de entrada y le dio unos golpecitos para ver que no se había parado. En ese momento vio a Pedro, el vendedor de periódicos que abría su kiosco y le preguntó: – ¿Pedro qué pasa hoy que no han abierto aún las puertas del colegio? A lo que respondió: “Porque hoy es domingo…”
 Esto os enseñará que por muchas, muchas ganas que tengáis de colegio, de aprender y de estar con vuestros amigos, también hay que disfrutar de los días de descanso.
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Cuentos cortos: “Ricardo corazón de algodón”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centros, a veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
Al final está disponible la lectura para imprimir, con preguntas y actividades de comprensión lectora.
Esta semana conoceremos el gran problema que tiene Ricardo, un niño muy muy inteligente.

“RICARDO CORAZÓN DE ALGODÓN”

          Érase una vez un niño muy inteligente, pero… que muy inteligente… ¿He dicho ya, que había una vez un niño que era muy inteligente? Pues eso, ¡qué era muy inteligente!, y eso le producía un gran problema. Y os preguntaréis cómo puede provocar un problema ser tan inteligente. Pues ahora mismo lo vais a descubrir.
          Resulta que Ricardo -que así se llamaba ese inteligente niño- hacía todas las actividades de clase con extraordinaria rapidez; tanto que se aburría con mucha facilidad, ya que nada de lo que le ponían sus maestros era lo suficientemente difícil como para que fuera un reto a sus muchos conocimientos. Era un crac en Mates, asignatura en la que no había número que se le resistiera; en Lengua ya que leía con una entonación y soltura que mejoraba a la de su maestro; en Cono pues siempre tenía todas las respuestas antes de las preguntas… Pero su aburrimiento no era su problema, era otro muy distinto.
           Como es lógico, sus actividades eran las primeras en estar acabadas, lo cual provocaba miradas furtivas por encima de su hombro, por la derecha, por la izquierda y por el frente, intentando siempre robarle las respuestas (ya que todos sus compañeros daban por supuesto que estarían bien y así se ahorrarían tener que pensarlas por sí mismos). Pero ese tampoco era su problema, como tampoco lo era que otros compañeros se fuesen a su casa para hacer las tareas y así poder copiar lo que él ponía en sus cuadernos, o incluso había algunos que hasta se atrevían a quitarle su libreta para llevársela a sus casas y así poder copiar tranquilamente todo lo que necesitaban.
           Era además de muy inteligente, extraordinariamente generoso, ya que a nadie le negaba ayuda cuando se la pedían, hasta el extremo de dejarse copiar y no decir nada para que no castigaran a sus compañeros. Aunque su maestro -que no tenía ni un pelo de tonto- se imaginaba lo que estaba pasando. Pero tampoco su generosidad y compañerismo era su problema: su problema estaba en no comprender por qué a pesar de todo, cuando no lo necesitaban para resolver los problemas de matemáticas, para hacer el trabajo en grupo, para explicarles lo que no entendían,… sus compañeros se olvidaban de él: no le llamaban para salir a jugar a la calle, y nadie contaba con él para pasárselo bien… Sólo, sólo, se acordaban de él cuando tenían un problema y Ricardo podía resolverlo con su magnífica inteligencia. Y tú ¿sabes el por qué del problema?.
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Cuento corto: “Mi mesa cojea”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centros, a veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
Al final está disponible la lectura para imprimir, con preguntas y actividades de comprensión lectora.
Esta semana ha llegado mobiliario escolar nuevo al colegio, la reacción de los alumnos, el paso del tiempo y un final para reflexionar.

“MI MESA COJEA”

       Ocurrió una vez que a un colegio muy cercano,  llegaron mesas y sillas nuevas, y que cuando los alumnos se sentaron para estrenar el nuevo mobiliario, hubo un niño que al apoyarse en su nueva mesa, se dio cuenta que se movía mucho.  Levantó entonces la mano y dijo: “Maestro mi mesa cojea. ¿Puedo cambiarla por otra?”. – Sí, claro, coge aquella del final-, le respondió su maestro.
Desde aquel día la mesa que cojeaba no la quiso nadie. Por ella pasaron varios años y varios cursos repletos de niños, que seguían dándole de lado porque sólo veían el defecto de su cojera. Las demás mesas iban haciéndose cada vez más viejas, acumulando rayones, desconchones y hasta algún que otro chicle, que permanecía duro pegado en la parte de abajo, desde que en alguna ocasión se oyera al maestro decir: “¡En clase no se comen chucherías!”.
Como el tiempo había pasado y aquella mesa no la quiso nunca nadie, permanecía casi tan nueva como el primer día, sólo tenía ese pequeño defecto: “su cojera”. Pero un buen día, un niño llamado Felipe se acercó a ella y pensó: “¡qué nueva está esta mesa y qué raro que no la haya cogido nadie!”. Entonces se apoyó en ella y descubrió que cojeaba, pero en lugar de irse – como hacían todos-  se agachó para ver cuál era la pata que no llegaba bien al suelo. “¡Esto lo arreglo yo en un periquete!” -pensó a la vez que cogía un papelito-  lo dobló varias veces y lo metió bajo la pata más corta. Tuvo que hacer varios intentos, hasta que por fin logró que no cojeara nada.
Cuando los demás vieron que la mesa de Felipe era la que estaba más nueva de todas, se dieron cuenta de lo simple que resultó la solución que le había dado para poder disfrutar de la mejor mesa de toda la clase.
Lo curioso de esta historia es que lo mismo que le pasó a la mesa “coja” les pasa a muchos niños y niñas en los colegios. El resto de los compañeros les dan de lado por cualquier tontería que no les agrada, al igual que le daban de lado a la mesa. Sin embargo, sólo basta hacer como Felipe, ver el problema y buscar la solución, para descubrir a una gran persona o a un gran amigo al que nadie le ha  dado una oportunidad, y con el que poder disfrutar y compartir los mejores momentos de la infancia.
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Cuento corto: “El bocadillo”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centrosa veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
Al final está disponible la lectura para imprimir, con preguntas y actividades de comprensión lectora.
En esta lectura unos niños, que se quejan del relleno de sus bocadillos, se burlan de otro por ser el suyo muy sencillo.
“EL BOCADILLO”
El sonido estridente de la sirena del colegio anunciaba el comienzo del recreo e hizo que  toda la clase diese un pequeño salto en su silla y comenzarán a buscar los bocadillos dentro de sus carteras. “No olvidéis poneros los abrigos, que hoy hace mucho frío en el patio” -les dijo su maestra-.  Y mientras – con los bocadillos ya en sus manos- iban  todos tirando, uno por uno, el papel de aluminio que los recubría en la papelera para el reciclado que tenían en la clase.
  – ¿De qué te lo han hecho hoy?- preguntó Felipe, mirando fijamente el bocadillo de su amigo Luis.
- De chóped, como siempre. Estoy que me sale el chóped por las orejas. ¡Mira lo que te digo!, cualquier día preferiría un bocadillo de cocido de garbanzos, aunque sólo fuese por variar-.
- ¡Qué tonterías dices!…, ¿por qué no le dices a tus padres que lo cambien de vez en cuando?, no lo veo tan difícil.
- ¿Qué crees, que no lo he hecho ya mil veces?- le respondió Luis-, el problema es que entonces lo cambian y me tiro otras tantas semanas comiéndome el mismo bocadillo de salchichón,… o  de chorizo, ¡hasta que se me pone cara de gorrino! ¿Y sabes lo que hago al final? Sin que nadie me vea, lo tiro casi entero a la papelera.
- Pues es peor lo de Paco, que todos los días trae el mismo bocadillo, pero el suyo es sólo de pan con un chorreón de aceite. ¡Venga!… vamos a buscarlo y nos metemos un rato con él y con el simplón de su  bocadillo -propuso Felipe-.
Cuando llegaron donde estaba jugando Paco, éste ya casi se había comido todo su bocadillo.  ¿Qué Paquito, apurando los últimos restos de tu super bocadillo de jamón serrano?- le dijeron, a la vez que se reían y le mostraban burlonamente sus bocadillos-.
Paco sin inmutarse siguió jugando al balón con sus amigos, pero como las burlas y risotadas de Felipe y Luis no cesaban, terminó dándose la vuelta y les dijo: -“La verdad, la verdad, es que echo de menos los bocadillos que me preparaban hace unos meses mis padres. Cada día eran de algo diferente y siempre muy sabrosos. Además te puedo asegurar Luis, que – al igual que ahora- jamás llegó ni un pequeño trozo a la papelera. Sin embargo desde que se quedaron sin trabajo, todos nos hemos tenido que apretar el cinturón en nuestra casa, y os puedo asegurar,  que estos bocadillos de pan con un poquito de aceite, me saben casi tan bien como los de antes, porque siguen llevando el mismo cariño con  el que siempre me los han preparado”.

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Cuento Corto: “La vuelta de vacaciones”

Un pequeño cuento con alguna enseñanza en valores o cualquier otra circunstancia de la vida de nuestros centrosa veces adaptado, otras inventado, y siempre ambientado en la escuela para hacerlo más cercano a nuestro alumnos.
Al final está disponible la lectura para imprimir, con preguntas y actividades de comprensión lectora.
En esta lectura los alumnos cuentas cuántas cosas les han traído los Reyes Magos, pero… ¿qué ocurre con los que no han tenido tanta suerte?.
“La vuelta de vacaciones”
            Las vacaciones de Navidad habían acabado, pero lejos de encontrarse tristes por volver a la escuela, aquel día los niños llegaban felices y con una gran sonrisa que anticipaba el deseo de contar lo que los Reyes Magos les habían traído.
Sin que notaran nada, su Seño Lola a la vez que les daba la bienvenida con un abrazo y un beso a cada uno de ellos, les fue metiendo disimuladamente un pequeño papelito en su bolsillo.
Cuando ya todos se habían sentado en su sitio en espera de la gran pregunta, la Seño Lola les fue pidiendo que contaran cómo se lo habían pasado y los regalos que los Reyes les habían dejado unos días antes. El primero en hablar fue Juan, al que casi le faltaba el aire de lo rápido que iba enumerando las cosas que le habían traído; luego le tocó el turno a María que -al igual que Juan-  parecía que no iba a acabar nunca de nombrar todo, y después Jaime, el cual acabó pronto, ya que Juan le interrumpió diciendo dos cosas más que se le había olvidado antes. Y así, uno detrás de otro, contaron lo que los Reyes les trajeron.
Algunos con los ojos y la boca muy abierta escuchaban los maravillosos y divertidos juguetes que los Reyes les habían traído a sus compañeros y en su cabeza se preguntaban por qué con ellos no habían sido tan generosos como con sus amigos de clase. ¿Acaso no se habían portado lo suficientemente bien?, ¿es que se habían acabado los regalos y a ellos les tocó la peor parte?, o ¿quizás era que se habían olvidado de ellos?.
En eso estaban cuando la Seño les dijo que los Reyes, antes de regresar a Oriente, habían dejado un mensaje muy importante escrito en un papel sobre su mesa y que si querían lo leería en voz alta. Todos gritaron con un ¡Síííí!  que resonó en todo la clase. El mensaje decía:  “Queridos niños y niñas, no hemos podido dejaros a todos lo que habíais pedido, porque sois muchos y la noche es muy corta para poder repartir todo, pero sí os hemos dejado un regalo muy especial en los bolsillos de vuestra ropa. Buscadlo y leedlo, porque de él dependerá que el año que viene os volvamos a visitar. Os queremos a todos mucho. SS. MM. Los Reyes Magos de Oriente”.
Los niños corrieron a revisar sus bolsillos y en ellos encontraron otro mensaje que decía: “Todo lo que te hemos traído no sirve de nada y no es divertido si…: te lo quedas sólo para ti, si  no lo compartes y si no lo disfrutas con tus amigos y compañeros. Así que acuérdate de invitarlos para jugar y divertiros  todos juntos”.
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