Cuando pensamos en los caballeros
medievales inmediatamente se nos viene a la mente un caballero con su
brillante armadura, que siempre sale vencedor en los torneos y que por
supuesto cuando se quita el yelmo resulta que es guapísimo y siempre se
casa con la princesa o la hija de algún conde o gran Señor y lo hace con
tanto encanto y naturalidad que parece que llegar a conseguir el título
de caballero fuera algo fácil y al alcance de cualquier apuesto mozo.
Pues no era así, conseguir el nombramiento de
caballero era pasar por una larga carrera de aprendizaje que empezaba en
la infancia. Para empezar y dadas las reglas sociales imperantes en
aquel entonces, el futuro caballero debía de nacer en el seno de una
familia noble y a partir de ahí tenía que recorrer muchos escalones
hasta llegar a ser nombrado caballero.
Desde niño se empezaba a formar en el
castillo familiar y sus primeras lecciones tenían que ver con su
comportamiento, tenía que ser amable y cortés con las damas que le
encargaban algunas tareas y por supuesto comenzaba a ejercitarse
en el manejo de las armas y el arte ecuestre, aprender a cazar, el arte
de la cetrería y la simulación de las justas a lomos de caballos de
madera con ruedas y enfrentarse a los estafermos (monigotes giratorios
con brazos).
Hacia los diez o doce años su padre le
enviaba al castillo de un superior a él en categoría, en donde el alumno
comenzaba un aprendizaje más duro recibiendo como primer título el de
paje; entre sus obligaciones estaba la de entretener a las damas, su
cometido era recitarles poemas, interpretar música o jugar al ajedrez;
también se encargaba de llevar y traer mensajes, de servir el vino a la
hora de las comidas o cortar la carne para los ancianos que ya no tenían
su dentadura en orden que eran la mayoría. Además de todo esto, tenía
que seguir ejercitándose con las armas que para entonces ya eran reales y
no de madera, participaba en las cacerías como asistente siempre al
servicio de su señor al que tenía que ponerle la armadura así como
ocuparse de sus caballos y de sus armas (lanzas, espadas, mazas, hachas y
escudos).
Cuando alcanzaba la edad de poder
participar en los torneos y si su aprendizaje marchaba según lo
establecido, dejaba de ser paje para convertirse en escudero, lo que le
permitía además de seguir atendiendo a su señor, luchar a su lado
sirviéndole de promoción si el resultado era el esperado. La duración de
esta nueva categoría no estaba estipulada, algunos tardaban años en
promocionar y otros ascendían con rapidez dependiendo de su valía; claro
que en tiempos de guerra los ascensos se hacían con mayor celeridad ya
fuera antes de la batalla para que pudieran demostrar su coraje o
terminada esta si se habían portado valientemente. El paso de escudero a
caballero se hacía mediante una ceremonia que se conocía con el nombre
de investidura.
Si se estaba en tiempos de guerra, esta
ceremonia se reducía a la pronunciación de una fórmula ya establecida y a
un toque de espada sobre el escudero, esta ceremonia podía ser oficiada
por cualquier caballero, pero como todo en esta vida cuanto mas
importante fuese ese caballero, mejor que mejor. En tiempos de paz, la
ceremonia era mas complicada; según la categoría de la familia del
aspirante, se hacían festejos mas o menos suntuosos con festines y
justas a los que asistían todos los señores importantes de la zona.
Fijaros si era importante este momento que una de las primeras cosas que
hacía el aspirante a caballero era bañarse (cosa no habitual en
aquellos tiempos en los que se solía decir que un hombre solo se bañaba
tres veces en su vida: cuando nacía, cuando se casaba y cuando moría;
bueno, el caballero por lo que se ve lo hacía una vez más). Después de
asearse bien, tenía que velar las armas y rezar durante toda la noche,
en esta ocasión solía ir vestido de blanco, símbolo de limpieza interna y
externa. Al amanecer era cubierto por una capa roja que representaba la
sangre que estaba dispuesto a derramar y se le daban unas medias de
color marrón, por la tierra que debía de defender, un cinturón blanco,
espuelas de oro y una espada de dos filos (uno por la justicia y otro
por la lealtad). Y por fin llegaba el momento mas esperado, el
espaldarazo, lo administraba el señor feudal recitando mas o menos estas
palabras: “Recuerda al que te hizo caballero y te ha ordenado;
despierta del malvado sueño y mantente alerta confiando en Cristo” el
investido juraba lealtad, honrar y ayudar a las damas y asistir a misa
diariamente siempre que le fuera posible. Entonces el señor feudal le
daba con la espada en el hombro y así quedaba convertido en caballero.
Una vez investidos su trabajo principal era la guerra y desde luego, trabajo no les faltaba, y
cuando no había guerra, se dedicaban a batirse en los torneos y las
justas. Podemos aclarar aquí que las justas y los torneos no eran lo
mismo. Los torneos en su origen (hacia el siglo XII), se parecían mucho a
los combates reales, se libraban en lugares abiertos y llanos entre dos
grupos de jinetes (los caballos, armas y arneses de los derrotados eran
botín para los ganadores y los prisioneros debían de pagar rescate por
su libertad). Con el paso del tiempo pasaron a organizarse junto a los
castillos y se ofrecían premios a los contendientes, se reglamentaron
perdiendo su agresividad y eran arbitrados por jueces, aunque seguían
siendo choques entre dos pequeños ejércitos. Las justas surgidas en el
siglo XIII ya no eran combates, sino duelos entre dos paladines, dos
parejas o dos cuadrillas, montados a caballo y empuñando una lanza larga
y pesada. La armadura de los caballeros oscilaba entre los 30 y los 50
kilos; si los combatientes caían del caballo, podía seguir la lucha a
pie, con mazas o con espadas.
Esta profesión no era precisamente
barata, cada caballero debía de disponer de por lo menos tres caballos:
uno para la batalla, otro para el camino y otro para el equipaje. Y sus
sirvientes no podían ser menos de cuatro: uno para cuidar los caballos,
otro para el mantenimiento y limpieza de las armas, uno como ayudante
personal para ponerle la armadura y subirle al caballo y levantarle del
suelo si se caía durante la lucha y otro para custodiar a los
prisioneros.
Estos caballeros cubiertos de metal eran
unas fortalezas móviles, montado a caballo era difícil matarle o
herirle pero si tenía la desgracia de caer del caballo entonces era
presa bastante fácil pues su pesada armadura le restaba movilidad y
dejaba uno de sus puntos vulnerables a merced del enemigo, las axilas,
buen sitio para entrar un puñal. Hasta el siglo XIV la estrategia en las
batallas era la siguiente, la caballería pesada se lanzaba en tropel
contra el enemigo empuñando sus lanzas firmemente sujetas bajo la axila
derecha, apoyada en el ristre (una parte del peto); una vez rota la fila
del enemigo, solían abandonar la lanza y luchaban con la espada o con
la maza. Pero las técnicas avanzan y con la llegada de los arqueros,
protegidos por la infantería, lograron derrotar a la caballería pesada.
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